Esta es la tercera entrega de Patagoniando, una secuencia de relatos
que describe una travesía de 5000 kilómetros por las rutas argentinas en
el verano del 2023. La entrega anterior la encuentran en San Martin de los Andes.
Tras una mañana a puro sol, la despedida de San Martín se extendió unas horas e incluyó la adquisición de medialunas de la medialunería y hasta de un cafecito en el cafetín más porteño que encontré, solo porque de verlo me dió morriña de un cortado en jarrito, esos que en Europa no abundan.
Luego de la foto en el lago, montamos en nuestro bólido prestado y comenzamos a andar la Ruta 40, subiendo hacia los puntos panorámicos que hacen la despedida aún más bucólica y nos obligaron a parar para capturar algunas imágenes más del Lago Lácar.
Camino de los siete lagos
Lo que sigue, es carretera de mano y mano, cargada de tráfico, que tras
curvas y contra curvas, subidas y bajadas, circula entre bosques
descubriendo a su paso un lago tras otro que se abren a sus lados en el tan
famoso Camino de los Siete Lagos, en la que ya no quedan rastros de la vieja carretera con tramos de tierra
que supe transitar alrededor de una década atrás.
Esta sección de la Ruta 40 conforma uno de los míticos recorridos
argentinos. Todos crecemos escuchando sobre su belleza y vemos cientos de
reportajes y documentales sobre este precioso recorrido que deslumbra a
propios y ajenos.
Comenzando por el Lácar, el camino discurre entre una seguidilla de lagos.
Formalmente son 7: Machónico, Falkner, Vilarino, Escondido, Correntoso,
Espejo y culmina en el gigantesco Nahuel Huapi.
Algunos de estos incluso se hayan a ambas márgenes del camino, a cada lado
se pierde la mirada en el horizonte de agua.
Pero en la zona también aparecen en los alrededores otro grupo de lagos de
igual o mayor belleza, que al no estar sobre la misma ruta no forman parte
de la cuenta pero bien podrían ser considerados en el conjunto de esta
maravilla natural que nos ofrece la Patagonia Argentina.
Lago Meliquina
Entr esos carteles de Vialidad Nacional de color verde gastado por las
inclemencias del clima aparecía impreso Villa Lago Meliquina. No recuerdo a estas alturas si era parte del plan original o simplemente me
dejé llevar cuando como un rayo en mi mente una leyenda familiar que merodea la
zona.
Desviamos, abrazamos ese ancho camino de tierra y piedra que se abría hacia
el lateral y que pronto se tornaría angosto, apretado entre el barranco de
la montaña y la bajada a las aguas cristalinas del lago.
Poca gente, menos de lo habitual pero algunos recovecos escondidos a las
sombras dejaban evidencia de turistas aprovechando la sombra. Aparcamos y
descendimos a para cotemplar el espejo de agua. El contraste de sol fuerte
del casi mediodía con aguas transparentes hipnotiza a cualquiera, me vi
pronto en el agua, tramposa ella, helada, contrastando con el cielo azul y
el fuerte sol.
Entrecegados por el sol pudimos divisar a la margen lejana del lago donde
se erigía la pequeña y escondida Villa. Cuenta la leyenda que Don Pepe
alguna vez allá lejos y hace tiempo, cuando no había internet, ni teléfonos
móviles, y las noticias llegaban por radio y el período en papel tenía un
rol preponderante en el hogar, un día desde su casita hecha a mano en el sur
de la Capital Federal tomó la decisión de participar en un sorteo del cual
resultara ganador.
El premio? Un lote en la inóspita y lejana Villa del Lago
Meliquina,
Ante tal temor a lo desconocido y lejano, la decisión familiar fué desistir
del premio. Después de todo "...quién iba a vivir en ese páramo
lejano?" Y no puedo juzgarlo hoy, entiendo que era muy dificil ubicarlo en el mapa,
y trato de imaginarme, retroceder esas tantas décadas y pensar que si hoy es
complicado llegar, en aquel entonces era casi más dificil que tomarse el
barco de regreso a Europa.
Pero, qué lindo hubiera sido tener un lugarcito en este lado del mundo
cuando lo miro con los ojos de nieto!
Parando en todos
Tras una siesta en el resplandor del lago Meliquina, retomamos el camino y
no hicieron falta muchos kilómetros para encontrar el
Lago Machónico otro de los extensos espejos de agua que riega la Ruta 40.
Decidimos contemplarlo desde el vehículo dado el poco trayecto desandado y
la distancia por recorrer, pero a los pocos kilómetros encontramos el desvío
a
Lago Hermoso
donde esta vez si decidimos bajar de la ruta y embarrarnos en el sendero de
tierra debajo de la frondosa arboleda hasta dar con una playa cargada de
coches y bañistas que hacían frente a los ventarrones helados que soplaban
de la cordillera en pleno día soleado de verano.
Apenas 15 minutos separan el desvío a Lago Hermoso del siguiente
espectáculo, en esta ocasión, por partida doble. El
Lago Falkner
mirando hacia el centro de la Patagonia y cruzando la ruta como si se
tratase de un dique de contención, se extiende el
Lago Villarino
con vistas a la Cordillera.
Ya a estas alturas logramos recargar agua caliente por unos pesos inflados
por el costo de oportunidad, y nos lanzamos a seguir viaje recargados ya que
no teníamos muy claro qué nos esperaba por el camino más allá de enormes
paisajes.
Una última parada en el pequeño
Lago Escondido
obligó a sacar valor y descender por los barrancos empinados desde el
mirador, entre arboles y ramas que por momentos ayudaban a sostenerse ante
el riesgo de caer o desbarrancar. Demasiado esfuerzo para poder ver poco.
Este pequeño lago le hace honor a su nombre.
Desde la despedida del Lago Lacar hasta el desvío a la ruta provincial 65
de ingreso a Villa Traful son apenas 80 kilómetros que desandamos en no
menos de 5 horas entre desvíos y descansos en espejos de agua.
Villa Traful
Después de tantos lagos nos quedaba aún por disfrutar del
Lago Traful, tal vez de los más grandes del área.
Viendo el mapa hoy en retrospectiva considero que podríamos habernos
conformado con parar en Pichi Traful en el afluente del brazo largo del
lago, pero no recuerdo ahora por qué diablos ni siquiera lo
consideramos.
Y digo esto con cierta rabia porque no sabíamos lo que nos esperaba en los
aproximadamente 25 kilómetros restantes hasta llegar a
Villa Traful, la pequeña villa de montaña a medio camino entre la ruta 40 y la
237.
25 kilómetros que comenzaron en ascenso y se convirtieron pronto en un
amplio camino de tierra en proceso de ensanche. Jamás vi una obra de
"pavimentación" tan grande sin pavimento: máquinas de arriba hacia abajo, de
lado a lado del camino para aplanar y ensanchar la ruta que poco ayudaban a
circularla con vehículos "de ciudad".
Poco a poco el camino se tornó nuevamente angosto pero los pozos y las
piedras continuaron, solo amedrentados por la belleza de circular a la
margen del lago salvando las laderas de la montaña que lo contiene.
Buscando donde pasar la noche abrigados del frío, optamos por tal vez no lo
más barato, pero si lo más exótico, una especie de "glamping" en un iglú
para 3 familias más o menos a falta de ganas de desensillar los bártulos de
la carpa que cargamos todo el viaje en un camping bastante "elegante" que
nos obligaba a dejar el coche en la entrada.
Con todo casi resulto hubo que buscar comida y teniendo parrilla en la
puerta, se echó mano a la siempre fiel carne vacuna argentina. Unas brasas
que costaron de encencer, y con algún artilugio para facilitar la
manipulación del fuego sin tener utencillos adecuados nos arreglamos para
preparar unas tiras de asado.
Al caer la noche pronto las estrellas se adueñaron del firmamento, y el
frío del ambiente. Nos vinimos arriba y le dimos leña al fuego de la
salamandra con la que contaba nuestro pequeño apart hotel. Demasiado
ambiente para tanto frío y tan poca leña, o muy poca muñeca para manejar la
salamandra nos dieron algún momento de zozobra y el frío se sintió por la
mañana.
No obstante pusimos el pecho y fuimos a ver el amanecer mate en mano para
ya con el rayo candente amarillo y radiante, resignarnos a desandar ese
camino en obra de apenas 25 kilómetros y retomar el rumbo sur hacia el
próximo destino.
El itinerario del día era muy ambicioso.
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